El motor del sedán negro de Jaime roncaba suavemente, casi imperceptible entre las sombras de un callejón frente al club nocturno. Jaime, un hombre que se movía con la precisión de un relojero y la frialdad de un sicario, no apartaba los ojos de la puerta. Sabía que Alma saldría pronto; las ratas siempre abandonan el barco antes de que el agua les llegue al cuello.
Cuando por fin la vio salir, tambaleándose bajo el peso de sus maletas baratas y con ese aire de falsa grandeza, Jaime sintió un a