—Hija —veo que pone una hermosa sonrisa. Pero baja su mirada viendo mi estado y su sonrisa se esfuma—. ¿Qué te hicieron, mi niña? —sus ojos se llenan de lágrimas.
—Mejor responde por qué me abandonaste.
—No te abandoné.
—Ja, ja, ja —la risa de Riccardo nos interrumpe—. Veo que eres tan tonta, Evolet. Crees que tu padre, un hombre que, la verdad, no pertenece a este mundo, sería capaz de abandonarte. Te mostraré a la mente maestra de todo esto. ¡Ven! —él grita.
Escucho que las puertas se vuelve