Nuestras miradas se quedan mirando fijamente y la verdad ya me está desesperando que él no me diga dónde demonios están.
—Creo que no vale la pena seguir mintiendo porque, a fin de cuentas, yo ya estoy muerto. Así que está bien, te diré. Como te acabo de decir, esa niña no es mi hija. Ya, zorra de Clara, no solo le mintió a tu padre, también a mí. Me hizo creer que era mía. Pero esa niña no tiene ni una pizca de mi sangre.
—No te creo, sé que lo estás haciendo para ocultarla.
—Si no me crees