La habitación blanca del hospital parecía cada vez más fría. Eva estaba sentada al borde de la cama de su hijo, acariciando suavemente su frente húmeda por la fiebre. Oliver apenas respiraba, su pecho subía y bajaba con dificultad, y su piel estaba tan pálida que parecía casi transparente. Las lágrimas de Eva se acumulaban en sus ojos, pero se obligaba a sonreír cada vez que su pequeño abría los párpados y la miraba con debilidad.
La puerta se abrió y el doctor entró con un semblante serio, car