La mañana se levantó gris, con las nubes bajas raspando los cristales de la ciudad como dedos inquisidores. Para Débora Park, eso era ruido de fondo; su mente ya llevaba horas rumiando una idea que la consumía desde hacía días: debía ir a hablar con esa mujer. No podía seguir con esa maldita duda que la consumía. Debía de proteger a su hijo. Necesitaba certezas, quería explicaciones.
Llamó a la oficina con voz fría y ordenó: que averiguaran dónde estaba su hijo. La secretaria la confirmó que Kev