La mansión se alzaba imponente frente a ella, igual de fría y distante como siempre. Eva apretó contra su pecho los papeles del contrato que había rechazado firmar, sintiendo que el peso de aquel maldito documento se aferraba a su alma como una cadena invisible. Cada paso hacia el interior le resultaba un suplicio, como si el aire en aquel lugar fuera más denso, más hostil.
El eco de sus tacones resonaba en el mármol pulido, y con cada sonido se le aceleraba el corazón. Sabía que estaba entrando