A la mañana siguiente, en la entrada principal de las oficinas del Grupo Franco.
Julieta estaba sentada sola en uno de los sillones de la espera. Se veía acabada, con la mirada perdida en la nada y deteniendo una taza de café que ya estaba más que fría.
Ese día se había puesto a propósito un vestido sencillo, de colores muy apagados, y casi ni se pintó. Es más, hasta se marcó un poco las ojeras para que se le notara a leguas el cansancio. Ahora era una "heredera en la ruina", y tenía que dar la