Marta se puso tiesa un segundo, pero reaccionó rápido y siguió con su teatro de loca, balbuceando una rima infantil que no tenía ni pies ni cabeza.
—Ya deja el circo —dijo Milena mientras se acomodaba en el sillón. Sacó un cigarro de su bolsa y lo prendió con calma—. No hay nadie más aquí.
Marta levantó la cabeza poco a poco. Se le borró la locura de los ojos y se le puso una mirada fría, de esas que calculan todo.
—¿A qué viniste?
—A ver cómo sigue mi "querida hija" —Milena soltó una nube de hu