Milena se le acercó y, con esas uñas largas pintadas de un rojo encendido, le levantó la cara con suavidad.
—¿No te habías fijado? —le siseó al oído—. Eres igualita a ella... tienes sus mismos ojos.
—¡No me ponga la mano encima! —Raina le quitó la mano de un manotazo.
Milena ni pestañeó. Al revés, se sonrió con más ganas. Caminó hacia el mueble de la biblioteca, sacó un sobre viejo de un rincón escondido y se lo puso enfrente.
—Mira esto.
Raina agarró el sobre, muerta de la desconfianza. Adentr