A Iván se le escapó una sonrisita, con esa cara de alivio de quien siente que por fin cumplió con una gran misión. Raina no le quitaba el ojo de encima, fijándose en cada uno de sus gestitos.
—No se confunda, señor Herrera. Solo le acepté el desayuno para que deje de decir tanta tontería.
Raina le dio un mordisco al desayuno. El sabor le supo a gloria y, muy a su pesar, tuvo que admitir que estaba riquísima. Como casi nunca cenaba por el trabajo, para ella el desayuno era sagrado.
El elevador ll