Iván le aventó el pañuelo sucio directo a la cara.
—Voy a hacer que ruegues por estar muerto —soltó con una voz que cortaba como el hielo.
Manuel entrecerró los ojos y, de la nada, cambió la jugada:
—Oye, Iván, ¿sabes qué es lo que más me gusta de Raina?
Sin importarle que a Iván se le estuviera desfigurando la cara del coraje, Manuel siguió hablando como si estuviera solo:
—Esa terquedad que lleva en la sangre. Entre más acorralada se siente, más se esfuerza por no doblarse...
De repente, so