Eran las tres y cuarto de la madrugada en una fábrica abandonada a las afueras de Lureña.
La luz de la luna se colaba por los ventanales rotos, mezclándose con el olor a óxido y aceite quemado que lo inundaba todo. Por las esquinas, un par de ratas salieron disparadas, asustadas por el resplandor de las linternas.
Manuel volvió en sí cuando le cayó encima el tercer balde de agua helada. Tenía las pestañas cubiertas por una fina capa de escarcha.
Le costó horrores abrir los ojos, y lo primero qu