Dijo que tenía tiempo sin verla, pero era obvio que no le quitaba el ojo de encima. Raina, tratando de actuar normal, dejó su bolso a un lado y se sirvió un vaso de agua. Lo puso sobre la mesa y dijo con frialdad:
—Tome asiento, señor Braga.
Al fin y al cabo, un invitado es un invitado, aunque no fuera bienvenido.
—Te ha ido bastante bien en estos años —comentó Manuel, acomodándose como Pedro por su casa en el sofá.
—No me quejo —respondió Raina sin rodeos—. Pero no me comparo con usted. Ahora e