La realidad era que los dos lo sabíamos de sobra. Ya no tenía caso seguir haciéndonos los desentendidos.
Iván tamborileó los dedos sobre el volante, pensativo.
—Pensé que te lo ibas a guardar para siempre.
—Es que no quería que se pusiera tenso el ambiente con los demás —dijo Raina, y de pronto sintió cómo se le quitaba un peso de encima—. Aparte, tú ya estabas al tanto de todo, ¿no? Y te quedaste muy calladito.
Iván esbozó una ligera sonrisa.
—¿Ahora resulta que la culpa es mía?
Raina no lo d