Ya había amanecido, intuía que era muy temprano por el opaco sol que entraba por la ventana de la habitación. Damián no se había aparecido en ningún momento de la noche, ni de la madrugada, estaba tan enojado que no quiso dormir en la misma habitación que yo. Me encontraba boca abajo sobre la cama, con la vista pérdida en el cristal de la ventana, cuando la puerta se abrió.
Me quedé en silencio y no me moví ni un poco, cuando su perfume llegó a mis fosas nasales mi corazón se aceleró con miedo,