La noche había llegado y mis nervios aumetado. Cuando el reloj de la cocina paró sus agujas exactamente a las siete y cincuenta y ocho de la noche supe que ya era hora de empezar con la parte más difícil del plan: subirme al auto sin que nadie reparará en mí.
Las chicas estaban ocupadas preparando la cena solo para nosotras y los guardias que quedarían en la casa, así que me despedí de ellas alegando que iría a ducharme antes de bajar a cenar, ellas asintieron con confianza y yo salí de ahí.
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