Aria llevaba con los ojos abiertos varios minutos, pero su cuerpo no obedecía su indicación de levantarse. Sentía que cada parte le pesaba más de la cuenta, como si hubiera estado con los ojos cerrados, sin dormir. Sus sentidos se agudizaron y pudo escuchar en el cuarto contiguo unos suaves pasos de tacón, una puerta que se cerraba con cuidado, el sonido lejano de una cafetera, y el inminente sonido del tráfico exterior: indicativo de que era pasado el mediodía. Se quedó unos segundos más miran