Aria sacó su móvil del bolsillo del uniforme y revisó la hora y supo que el bar comenzaría a tomar vida. Poco a poco las mesas fueron ocupándose con trajes y vestidos de cóctel, elegantes, tiniendo la noche de brillo y glamour.
El Crimson Hall no conocía días festivos. Habían pasado tres días de Navidad y faltaba otro par para finalizar ese año, uno que a Aria la había fraccionado en cien pedazos. El lugar respiraba su propio ritmo, continuo, sin pausas. Aria se movía entre las mesas con la sol