Cuando Aria abrió los ojos, no supo cuánto tiempo había pasado ni en qué momento exactamente se había quedado dormida, solo registró la suavidad de la luz que entraba desde la ventana del dormitorio de Demian y la tibieza del brazo de él descansando sobre su cintura, como si hubiese estado ahí toda la vida. Se quedó quieta unos segundos, escuchando la respiración tranquila a su espalda, y sintió una punzada dulce y peligrosa: esa sensación de estar a salvo, de ser cuidada, de encajar sin esfuer