La primera sensación es la suavidad del asiento del coche bajo mis codos y mis rodillas cuando termino dentro del habitáculo. Miguel se inclina sobre mí, cierra la puerta de golpe y el coche arranca de inmediato.
Los pensamientos empiezan a girar en mi cabeza a una velocidad imposible.
¡Dios mío! ¡Dios santo!
Estoy perdida.
Parpadeo rápido, intentando frenar el mareo. El miedo me hunde en un pantano espeso; en el pecho nace un grito que muere enseguida, estrellándose contra el nudo de mi gargan