Cuando por fin logré quedarme dormida, el sueño llegó de manera inesperada: no oscuro ni luminoso, sino extraño, como si estuviera lleno de susurros y de presencia. Caminaba hacia algún lugar sin sentir el suelo bajo mis pies y, de pronto, comprendí que ya no estaba sola.
Él estaba cerca.
Miguel estaba tan cerca que no necesitaba girarme para saber que era él. Sentía el calor de su cuerpo, su respiración tranquila, una seguridad que asustaba y al mismo tiempo atraía. No dijo una sola palabra. S