Cuando por fin logré quedarme dormida, el sueño llegó de manera inesperada: no oscuro ni luminoso, sino extraño, como si estuviera lleno de susurros y de presencia. Caminaba hacia algún lugar sin sentir el suelo bajo mis pies y, de pronto, comprendí que ya no estaba sola.Él estaba cerca.Miguel estaba tan cerca que no necesitaba girarme para saber que era él. Sentía el calor de su cuerpo, su respiración tranquila, una seguridad que asustaba y al mismo tiempo atraía. No dijo una sola palabra. Solo me miraba: atento, insistente, como si viera aquello que yo misma temía admitir.Quise dar un paso atrás, pero las piernas no me obedecían. El mundo a nuestro alrededor se redujo a unos pocos centímetros entre nosotros. Miguel se inclinó, y yo no alcancé ni a protestar ni a huir.El beso fue inesperadamente tierno.No brusco, no ávido: silencioso, casi cuidadoso, como si me diera la oportunidad de detenerlo. Pero no lo detuve. El corazón empezó a latir más rápido, y en el pecho se derramó un
Leer más