Mundo ficciónIniciar sesión—Conoced a Luísa, mi amiga —trina Inês—. Cumplió dieciocho hace un par de días y decidimos celebrarlo viniendo al club.
Me entran ganas de darle un golpe en la frente para que deje de hablar. La situación ya es tensa, y ahora además saben que no somos crías.
—Pues felicidades, Luísa —dice un chico bajito, pelirrojo, estirando la sonrisa—. Ya eres oficialmente adulta.
Lanza una mirada fugaz por encima de mi hombro, justo hacia donde sé que está Miguel.
—Gracias —respondo con educación, sonriendo apenas, y luego miro fijamente a mi amiga—. Inês, vámonos. Ya es hora.
—¿Tan pronto? —interviene un chico rubio que está junto a la mesa de la que Inês se bajó—. ¿Por qué tanta prisa?
Se me encoge el estómago. Quisiera cerrar los ojos y abrirlos ya dentro de un taxi. Los nervios están al límite; la tensión me aprieta tanto que hasta me duele la espalda.
—Luuuu… —Inês junta las manos en gesto suplicante—. No es tan tarde todavía. Quedémonos un poco más.
¿De verdad no lo entiende? ¿No es consciente de lo que puede querer de nosotras un grupo de chicos por la noche, en un club? Están acelerados. Alcohol seguro —basta ver las latas de cerveza en la papelera junto a la mesa—. Coquetea, los provoca. Y encima son mayores. Y son cinco.
—No. Mi madre llamó. Dijo que volviera temprano —digo entre dientes, mirándola a los ojos—. Ya pedí un taxi.
Inês se apaga, pero obedece. Se despide con la mano. Yo me giro con las piernas de madera y voy hacia la salida del camerino. El corazón me golpea aún más fuerte cuando veo que Miguel Costa sigue de pie, bloqueando el paso.
Me detengo a un metro de él; Inês casi se estampa contra mi espalda.
—Déjanos pasar —digo con calma forzada, recordando su reacción anterior—. Por favor.
Miguel entrecierra los ojos y me observa durante unos segundos eternos. En la sala cae un silencio tenso. Todos lo miran. Entiendo que es el líder no solo en el escenario. Aquí también. Si dice que no, estamos perdidas.
Hago un esfuerzo enorme por no bajar la mirada. No hay que mostrarse como presa. Lo recuerdo de las primeras clases de psicología general en la universidad. Lo miro a los ojos, sin desafío, sin miedo.
—Pasad —se aparta un poco y sonríe. La sonrisa es escénica; la mirada sigue siendo helada.
Agarro el pomo de la puerta, sin creer del todo que nos dejen ir tan fácilmente. Pero la puerta cede. Casi respiro aliviada cuando escucho la voz de Inês a mi espalda.
—Miguel… —susurra con un hilillo de voz—. ¿Puedo pedirte un autógrafo?
Idiota.
—Pero no tengo papel —añade, desanimada.
—No hay problema —encoge los hombros.
Él la mira y veo cómo Inês se derrite solo con los hoyuelos que se le marcan en las mejillas al sonreír.
—Toma, Mix —dice uno de los chicos del grupo, lanzándole un rotulador fino.
Miguel lo atrapa, destapa el capuchón con los dientes y da un paso hacia Inês. Me estremezco cuando alarga la mano y baja la cremallera del top de ella. Los dedos se me enfrían, apretados contra el pomo.
Inês suelta el aire de golpe y se queda inmóvil. Miguel desliza lentamente el dedo índice desde su cuello por el escote, roza el encaje azul oscuro del sujetador y, al mismo tiempo, levanta la mirada hacia mí. Son segundos, pero queman como brasas. Luego firma de un trazo rápido sobre su pecho y vuelve a subirle la cremallera él mismo.
—Hazte una foto antes de que se borre —le guiña un ojo—. O vuelve y lo renovamos.
Inês asiente, ahora mucho más callada.
—¿Y tú, Princesa? —se vuelve hacia mí, mordiendo el extremo del rotulador y tensándome aún más—. ¿No quieres un autógrafo?
—No, gracias.
Siento la piel erizarse bajo el vestido solo de imaginar que me toque así, delante de todos.
Hora de largarse. Ya.
Agarro a Inês de la mano y tiro de ella, sin mirar atrás. El eco de mis tacones en el pasillo vacío me ensordece. Apenas consigo no echar a correr.
—¡Me haces daño! —protesta, soltándose, aunque sigue caminando rápido.
Entre el ruido de la sangre en los oídos me parece oír risas masculinas. Que se rían. Lo importante es salir.
Atravesamos el salón principal, sumergiéndonos de nuevo en la oscuridad y los destellos de colores. Ya no hay euforia. Solo ganas de irme y estar a salvo.
—¿Estás loca? —estallo al fin, cuando esperamos el taxi—. ¡Eran cinco, Inês! ¡Cinco!
—Deja de gritarme —se defiende—. Sé contar hasta cinco.
—¿Ah, sí? ¿Y contaste cuántas veces cada uno de ellos podía…?
No consigo decirlo. Estuvo demasiado cerca. Demasiado real.
Respiro aliviada cuando el taxi frena frente a nosotras y cierro la puerta, aislándome de ese lugar. El coche arranca, pero aún siento como si una mirada oscura y demoníaca me quemara la sien.
Miguel
La noche es perfecta. Ni siquiera hace frío con camiseta, aunque ya es octubre. Estoy bajo el alero de la entrada trasera, observando cómo la chica mira alrededor nerviosa, se encoge de hombros y se mete en el coche. El taxi se aleja despacio.
—¿Estás seguro de esto? —Igor “Kot” Silva sale a mi lado y también enciende un cigarro—. ¿De verdad quieres cazar?
—¿La viste? ¿Tú qué crees?
Kot se calla, aspira hondo y deja que el fuego devore el papel. Piensa. Filósofo de m****a.
—Mix, quizá deberías dejarlo. Es muy joven. Da cosa.
—¿Ahora eres mi conciencia? —me giro hacia él. Teclista brillante, demasiado correcto a veces.
—¿Yo? —se ríe—. “Tu conciencia” es un concepto bastante metafórico. Solo digo… no sé. Es demasiado correcta. Como si no hubiera vivido nada.
—Pues vivirá.
—¿Y si acaba como la otra?
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo? Aquella ya venía mal de fábrica. Solo soltamos a la bestia a pasear —me encojo de hombros, recordando el lío del año pasado.
—¿Investigaste?
—Claro. La amiga de tu Princesa es oro puro para un espía. Cinco minutos más y nos daba hasta las contraseñas bancarias de sus padres. Toma.
Kot saca un papel del bolsillo trasero del vaquero.
—Apellido, nombre, universidad, curso, grupo, cafetería favorita. Para empezar basta.
Basta. Aunque prefiero tener más.
—Vamos, Miguel, los chicos esperan. ¿Hoy bebemos con los bailarines?
—Ajá. Max prometió traer chicas.
Kot entra primero. Yo me quedo un par de minutos más, disfrutando del aire fresco. Por dentro me arde la euforia de la anticipación.
Interesante espécimen, esa Princesa de ojos grandes.
Probablemente deliciosa. Quiero probar.






