El rostro de Alejandro se ensombreció de inmediato.
El secretario Javier se le acercó con cautela:
—Señor Rivera… la señorita Valdés… se fue.
—No estoy ciego, lo vi —replicó él con frialdad.
Clavó la mirada en la cinta amarilla de seguridad que aún colgaba en el pasillo. Le resultaba insoportable.
—Quiten todo esto de inmediato. Me pone de malas.
El secretario Javier guardó silencio, aunque por dentro quería soltar un suspiro. ¿Pues no fue usted mismo quien ordenó ponerlo?
—Y dime —añadió Alejan