¡Sólo Sofía Valdés!
Sólo ella se atrevería a semejante osadía.
—Señor Rivera… —entró Javier, el secretario, sin poder contenerse—. La señorita Sofía… al irse, rompió la planta de la suerte en la entrada.
—Pues que la rompa.
—¿Perdón?
Javier se quedó pasmado.
¿Que la rompa? ¿Así nada más?
Alejandro se limpió con la yema de los dedos la sangre que le corría por la comisura de los labios y dijo:
—Ve a casa de los Valdés. Trae de vuelta a Sofía. Diles que es una orden mía. Sin mi permiso, no se le p