El reloj marcaba las 00:45 cuando el cielo de Tokio se tiñó de un rojo imposible.
Primero fue una vibración tenue, un eco que recorrió los edificios cercanos, y luego… el rugido.
Una segunda explosión desgarró el aire.
El almacén donde minutos antes se había librado la confrontación ardía como si la tierra misma quisiera tragárselo.
Desde la distancia, los curiosos comenzaron a asomarse a las ventanas, sin saber que estaban presenciando el fin de algo mucho más grande que un simple incendio. Las llamas danzaban con furia, extendiéndose en espirales doradas y negras, mientras el humo se elevaba como una columna que desafiaba la noche.
La primera explosión había destruido el corazón del edificio.
La segunda… acabó con todo lo demás.
Los vidrios de los autos estacionados a metros del lugar estallaron por la presión.
Los metales se torcieron como serpientes ardientes, el asfalto se rajó y el olor a gasolina mezclado con el de la pólvora convirtió el aire en un veneno.
Era imposible que al