La lluvia golpeaba la chapa del almacén con un ritmo irregular, como si el cielo quisiera borrar cualquier rastro de lo que allí iba a ocurrir. Dentro, el aire olía a polvo, a aceite viejo y a madera húmeda; las lámparas colgantes arrojaban círculos de luz sobre el suelo, dejando el resto del lugar devorado por sombras. Alexandra Morgan permanecía sentada en una vieja silla metálica en el centro de la penumbra, la espalda recta, las piernas cruzadas con una elegancia que parecía robarle nobleza