Las luces del salón relucían como estrellas encapsuladas en cristales. Todo destellaba lujo, poder y peligro. Alexandra, de pie entre los mármoles blancos y las columnas doradas de la Mansión Imperial, sostenía una copa de champán con delicadeza. Su figura envuelta en el vestido negro de seda que se ceñía a su cuerpo como una segunda piel era la encarnación misma de la elegancia. Su espalda descubierta, sus hombros firmes y su andar seguro habían hecho que, desde su llegada junto a Antonov, las