La lluvia golpeaba con insistencia los ventanales de la Mansión Orlov, el sonido era un murmullo constante que se mezclaba con la soledad de la madrugada. Alexandra Morgan estaba recostada sobre la chaise longue de su habitación, con un libro abierto sobre sus piernas. La luz cálida de la lámpara de mesa iluminaba apenas sus rasgos delicados, resaltando la perfección de cada línea de su rostro. Sus ojos recorrieron una última frase antes de cerrarlo con suavidad y dejarlo sobre la mesa de noche