La noche había caído sobre Moscú con un manto oscuro y espeso, tan denso que parecía tragarse los pocos destellos de luz que quedaban en el horizonte. La lluvia de la mañana había cesado, pero el pavimento aún brillaba, reflejando las luces rojas y azules de los faros que iluminaban la entrada al puerto privado de la Torre Baranov. Allí, donde los negocios del día cedían lugar a las operaciones que no aparecían en los informes oficiales, Mikhail Baranov aguardaba con la frialdad de un depredado