La noche había caído sobre Moscú con un manto oscuro y espeso, tan denso que parecía tragarse los pocos destellos de luz que quedaban en el horizonte. La lluvia de la mañana había cesado, pero el pavimento aún brillaba, reflejando las luces rojas y azules de los faros que iluminaban la entrada al puerto privado de la Torre Baranov. Allí, donde los negocios del día cedían lugar a las operaciones que no aparecían en los informes oficiales, Mikhail Baranov aguardaba con la frialdad de un depredador en su terreno.
Su presencia dominaba el lugar. De pie, con el chaleco antibalas perfectamente ajustado sobre la camisa oscura, el saco elegante reposando sobre sus hombros como si la violencia inminente no fuese suficiente para quitarle un ápice de estilo. Su rostro era un enigma: sereno, imperturbable, pero con esa chispa helada en la mirada que advertía que bajo la superficie había un hombre capaz de incendiar el mundo si alguien osaba desafiarlo.
Los trabajadores del puerto y los hombres ar