La nieve comenzaba a posarse suavemente sobre los ventanales del restaurante. Dentro, la calidez del lugar contrastaba con el frío exterior. El restaurante, discreto pero elegante, mantenía una atmósfera íntima gracias a la tenue luz de las lámparas colgantes y al murmullo contenido de los pocos comensales. En una de las mesas del fondo, Antonov ya estaba sentado. El hombre, de porte impecable y mirada curtida, revisaba distraídamente la carta de vinos. No necesitaba leerla; conocía cada etique