El invierno en Moscú no perdonaba ni a los más acostumbrados. Eran las siete y treinta de la mañana, y una fina nevada cubría la ciudad como un suspiro congelado. Las aceras, los autos estacionados, las cúpulas doradas de las iglesias ortodoxas… todo estaba teñido de blanco. El cielo, aún dormido, apenas comenzaba a teñirse de un azul pálido, como si el sol se resistiera a despertar sobre la capital rusa.
El aire tenía un peso particular esa mañana, una mezcla de humedad y silencio, interrumpid