En lo más alto de la torre Baranov, donde el cielo y el poder parecían entrelazarse, la oficina de Mikhail respiraba un orden casi absoluto. Las cortinas oscuras apenas permitían el paso de la luz natural, como si hasta el sol tuviera que pedir permiso para entrar.
Sentado tras un escritorio de mármol negro, Mikhail revisaba unos documentos con la precisión quirúrgica que lo caracterizaba. Vestía de negro de pies a cabeza: camisa de seda, chaqueta a medida, pantalones italianos. Hasta sus zapa