La luna se alzaba en el cielo como una diosa silenciosa, derramando su luz plateada sobre la superficie ondulante del mar. El yate se mecía suavemente, anclado en medio de la inmensidad acuática, como si el mundo se hubiese detenido para ellos. En la cubierta principal, el silencio lo envolvía todo… hasta que Mikhail Baranov se acercó a Alexandra con la precisión de un depredador elegante, sus pasos seguros y silenciosos como un susurro de tormenta, había ido por una copa más de bebida.
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