La lluvia todavía seguía cayendo cuando Mikhail llegó a la Mansión Baranov. El vehículo negro se detuvo frente a la entrada principal, y él descendió con ese paso seguro que imponía respeto en cada rincón al que llegaba. Llevaba consigo el peso de dos mundos: el del empresario frío e impecable que había dejado a Alexandra en Morgan Enterprises y el del hombre que gobernaba en la oscuridad, donde cada decisión podía costarle la vida a alguien.
Apenas entró en el vestíbulo, los hombres de seguridad inclinaron la cabeza en señal de respeto. Las paredes de mármol, el eco de los pasos y la iluminación tenue daban a aquel lugar un aire de poder absoluto, casi como si fuera un reino en sí mismo. Dimitri ya lo esperaba en la oficina del último piso.
— Señor —dijo Dimitri al verlo entrar, su tono mezclando respeto y urgencia—. Todo está listo para esta noche.
Mikhail asintió en silencio, se quitó el abrigo empapado por la lluvia y lo dejó en el perchero antes de caminar hacia el escritorio. Su