El vapor aún se aferraba a las paredes de mármol como un velo espeso. El agua burbujeaba perezosa, amortiguando el silencio que siguió al encuentro, un silencio lleno de ecos: gemidos que aún vibraban en el aire, respiraciones que se confundían, el latido acelerado de dos corazones que habían colisionado como tormentas.
Mikhail mantenía a Alexandra entre sus brazos, sentándola sobre sus piernas, con el cuerpo de ella pegado al suyo como si aún no pudiera —o no quisiera— dejarla escapar. Sus dedos se movieron por la espalda de la mujer, fuertes y suaves al mismo tiempo, recogiendo agua caliente en la palma y dejándola deslizarse en cascadas sobre su piel. El líquido recorrió la columna de Alexandra, bajando lentamente por la curva de su cintura, arrancándole un suspiro casi imperceptible.
—¿Cómo estás? —preguntó él, su voz baja, rasposa, cargada de un acento ruso que hacía cada palabra más grave, más íntima.
Alexandra levantó la mirada. Sus ojos aún estaban velados por el placer, brill