El vapor aún se aferraba a las paredes de mármol como un velo espeso. El agua burbujeaba perezosa, amortiguando el silencio que siguió al encuentro, un silencio lleno de ecos: gemidos que aún vibraban en el aire, respiraciones que se confundían, el latido acelerado de dos corazones que habían colisionado como tormentas.
Mikhail mantenía a Alexandra entre sus brazos, sentándola sobre sus piernas, con el cuerpo de ella pegado al suyo como si aún no pudiera —o no quisiera— dejarla escapar. Sus ded