La sala principal de la mansión Baranov estaba bañada por un resplandor cálido. El fuego crepitaba en la chimenea, arrojando destellos anaranjados que danzaban sobre las paredes de mármol y los cuadros antiguos. La noche de Moscú se extendía más allá de los ventanales altos, oscura y majestuosa, con las luces de la ciudad parpadeando como estrellas artificiales.
Alexandra estaba recostada en el sofá de cuero negro, elegante incluso en la comodidad. Su bata satinada caía con gracia, revelando de