La sala principal de la mansión Baranov estaba bañada por un resplandor cálido. El fuego crepitaba en la chimenea, arrojando destellos anaranjados que danzaban sobre las paredes de mármol y los cuadros antiguos. La noche de Moscú se extendía más allá de los ventanales altos, oscura y majestuosa, con las luces de la ciudad parpadeando como estrellas artificiales.
Alexandra estaba recostada en el sofá de cuero negro, elegante incluso en la comodidad. Su bata satinada caía con gracia, revelando destellos calculados de su piel. Mikhail, a su lado, tenía un vaso de whisky en la mano; la otra descansaba en el respaldo del sofá, lo bastante cerca para reclamarla cuando quisiera.
El silencio era denso, pero no incómodo. Era un silencio de confianza peligrosa, de dos imperios que se encontraban bajo el mismo techo. Fue Alexandra quien lo rompió, con un tono sereno y enigmático:
—La carrera no fue solo por diversión, Mikhail.
Él la miró de reojo, sus ojos azules brillando con una chispa de inte