El sol de Moscú descendía lentamente, tiñendo el cielo con pinceladas de oro y escarlata. Desde la ventana de la habitación principal de la mansión Baranov, se contemplaba cómo la luz del día cedía terreno a la penumbra, dejando tras de sí un resplandor que parecía incendiar las cúpulas lejanas y los tejados nevados. El invierno ruso mantenía el aire frío y cortante, pero en el interior, la calidez se expandía como un refugio secreto.
Alexandra, aún envuelta en la sabana blanca que abrazaba su figura, se levantó de la cama. La tela apenas cubría lo necesario, y con cada paso dejaba entrever la delicadeza de su piel aun con marcas de la entrega con Mikhail.
Sus pies descalzos se deslizaron sobre el mármol pulido mientras se dirigía hacia el baño. Allí, giró las llaves del jacuzzi, y el agua comenzó a llenarse con un murmullo que rompía el silencio de la habitación.
El vapor ascendió lentamente, creando una bruma suave que convertía aquel espacio en un santuario íntimo. La luz anaranjad