El despacho de Mikhail Baranov permanecía en penumbras, iluminado apenas por la lámpara de escritorio que bañaba de un tono cálido la superficie de roble. El silencio se interrumpía únicamente por el tic-tac pausado de un antiguo reloj de péndulo y el crujir de los documentos que revisaba con meticulosidad. Era tarde, pero Mikhail nunca descansaba del todo.
El sonido agudo del teléfono fijo rompió el ambiente. La pantalla marcaba un nombre: Dimitri.
Mikhail tomó el auricular con calma, aunque s