El despacho de Mikhail Baranov permanecía en penumbras, iluminado apenas por la lámpara de escritorio que bañaba de un tono cálido la superficie de roble. El silencio se interrumpía únicamente por el tic-tac pausado de un antiguo reloj de péndulo y el crujir de los documentos que revisaba con meticulosidad. Era tarde, pero Mikhail nunca descansaba del todo.
El sonido agudo del teléfono fijo rompió el ambiente. La pantalla marcaba un nombre: Dimitri.
Mikhail tomó el auricular con calma, aunque sus ojos azules se afilaron apenas.
—Habla Baranov.
—Señor… —la voz al otro lado cargaba con un nerviosismo apenas contenido—. Alexandra Morgan está en el Hipódromo. He recibido la confirmación. Apostó a una carrera contra Ilya Petrov.
Por un instante, el silencio se hizo pesado en el despacho. Los dedos de Mikhail se cerraron alrededor del auricular, y sus ojos adquirieron un brillo peligroso, como si en un segundo pudiera desencadenar una tormenta.
Una carrera.
Con Petrov.
Las posibilidades cru