El sonido de la lluvia golpeando los ventanales llenaba la casa con un ritmo constante, casi hipnótico. No era una tormenta violenta, sino una de esas lluvias persistentes que parecían colarse en los huesos. Brooke estaba en la cocina preparando dos tazas de café cuando escuchó pasos acercándose.
Era Lía, vestida con unos vaqueros gastados y una camiseta ancha, el pelo recogido en un moño desordenado. Se dejó caer en una de las sillas con un suspiro.
—¿Otra noche sin dormir bien? —preguntó, obs