Sofía avanzaba entre la multitud con pasos inseguros, como si el suelo temblara bajo sus pies. La música retumbaba como un latido colosal en sus oídos, pero no era alegre ni liberador; era un sonido espeso, casi enfermizo, que parecía filtrarse bajo su piel. La mansión, aunque brillante y decorada como un palacio moderno, le daba escalofríos. Las paredes parecían respirar. Las luces de neón giraban sin control, lanzando destellos que más que iluminar, confundían.
Había perdido a Max, Luna y Ma