Año 2005. Los Ángeles.
Samantha respiraba con dificultad.
El espejo del baño estaba empañado por el vapor de la ducha que no había usado. No se había atrevido a entrar. Sentía que si lo hacía, si dejaba que el agua tocara su piel, se desharía.
Como si su cuerpo estuviera sostenido apenas por el miedo.
Tenía el maquillaje corrido, la ropa interior sobre la alfombra, una bata blanca colgando de su delgado cuerpo.
El reloj del cuarto marcaba las 3:33 a.m.
Ella ya lo sabía. A esa hora siempre o