El aire dentro de la mansión se había vuelto irrespirable.
Lo que al principio parecía una fiesta desbordante de lujos y excesos, ahora tenía el peso de un secreto demasiado grande, demasiado antiguo.
Los invitados comenzaron a moverse en masa. Nadie los guiaba con palabras. No hacía falta. Una fuerza invisible —algo ancestral— los empujaba como una marea silenciosa hacia lo profundo de la casa.
Luna sintió cómo la piel se le erizaba desde la nuca hasta los tobillos. No sabía por qué caminaba,