La niñera cerró el refrigerador con más fuerza de la necesaria. Frida estaba dormida frente al televisor. Brayan jugaba con un avión de juguete sobre la alfombra de diseñador que costaba más que un auto usado. La mansión era hermosa. Gigantesca. Impecable. Pero no tenía alma. Ni risa. Ni madre.
Sofía estaba sentada frente al ventanal, con una copa de vino y el rostro oculto tras unas gafas oscuras. A su alrededor, solo silencio, mármol y arte frío.
—Los niños necesitan algo más que dinero —dijo