Meces después.
Mateo bajó del jet privado como si flotara. No por felicidad. No por orgullo. Flotaba porque las pastillas aún lo tenían suspendido, como si su cuerpo no le perteneciera del todo. Al pisar suelo parisino, un asistente de Chanel lo recibió con una carpeta en la mano y una sonrisa tan falsa como el oro de las estatuas de la moda.
—Monsieur Mateo, bienvenue. La limusina lo espera.
Todo era lujo, perfecto, hermoso… y completamente hueco.
La alfombra gris del aeropuerto privad