Max nunca había estado en un lugar así. La mansión se alzaba imponente en la colina, sus luces titilaban como faros en la noche. Al entrar, un torbellino de música electrónica, risas estridentes y un aroma pesado a alcohol y perfumes caros lo envolvieron. Era la primera fiesta oficial desde que la élite había tomado control, y Max sentía que estaba entrando en otro mundo.
Los techos eran altos, adornados con candelabros de cristal que reflejaban destellos multicolor sobre un mar de cuerpos que