Sofía estaba frente al espejo, inmóvil, con la mirada fija en su reflejo. El vestido de diseñador —una pieza exclusiva bordada a mano, con piedras negras diminutas que brillaban como estrellas en una noche sin luna— se ceñía perfectamente a su cuerpo. El escote elegante dejaba al descubierto sus clavículas, y su piel parecía hecha de porcelana bajo la luz blanca del camerino. Las pestañas postizas le hacían sombra a los ojos, ahora más opacos que de costumbre, pero aún capaces de encantar a cua