Apenas hemos vuelto a entrar en la casa, cuando me percato de que el aire cambia. Lo siento como un golpe, como si la calma que hemos alcanzado en el jardín se rompa en mil pedazos, apenas cruzamos el umbral.
El sonido nos alcanza antes de entender lo que está pasando. Hay voces, gritos, el eco de una discusión que vienen desde el salón principal.
—Qué demonios... —masculla, soltándome la mano para moverse.
Por instinto, Alexander se adelanta con paso firme y decidido, con esa autoridad natural