Trago saliva y mis dedos juguetean con el borde del vaso de limonada que Ivy me ha traído hace un rato. El cristal está frío, y mis dedos tiemblan un poco al contacto. Me digo que es por el clima, pero no me creo. La ansiedad tiene su propio lenguaje, y mi cuerpo lo está hablando ahora.
El rostro de Alexander no revela nada, pero hay algo en sus ojos: una sombra apenas perceptible que me hace contener el aliento. Me siento pequeña, expectante, como si el mundo entero se redujera a ese jardín y