El primer hilo de luz se cuela entre las cortinas, tiñendo de dorado la habitación. Me remuevo en la cama, despacio, como si mi cuerpo aún no quisiera admitir que el día había comenzado. Estiro los brazos por encima de la cabeza, sintiendo cómo mis músculos se desperezan, y entonces lo siento… el calor a mi lado. Giro apenas el rostro y lo veo.
Un brazo cruza mi cintura con posesividad y ternura, como si temiera que pudiera desvanecerme. Al sentir mi movimiento, murmura algo ininteligible. Una